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viernes, 4 de enero de 2013

El desafío ambiental del desarrollo

Por Álvaro Cabrera

Este es el primero de una serie de artículos que tratan de ofrecer elementos para una discusión sobre uno de los problemas principales que se encuentran tras la lógica imperante sobre el desarrollo y que suele ser ocultado del debate público: el modelo de los llamados países desarrollados es insostenible ecológicamente y está además generando graves problemas ambientales al resto de los países del mundo.


Distintas voces vienen alertando desde hace un tiempo sobre la grave crisis ecológica que enfrenta el planeta. No pocos pensadores e investigadores se refieren a ella como un momento crítico en la historia de la humanidad, en que la capacidad del ser humano para producir cambios a gran escala sobre los sistemas ecológicos de la Tierra ha puesto en peligro su propia supervivencia como especie.

Edgardo Lander, por ejemplo, se refiere a esta coyuntura como una crisis del modelo civilizatorio, porque pone en entredicho no solo el modelo de desarrollo que se ha hecho hegemónico, sustentado en la premisa del crecimiento continuo y materializado en las relaciones capitalistas de producción, sino también a las bases del pensamiento occidental que lo han construido, que han convertido a la naturaleza en un objeto que existe para ser dominado y explotado para beneficio del ser humano.

Hay varios aspectos de esta coyuntura que vale la pena enumerar. Los llamados países desarrollados, la mayoría ubicados en el Norte, han sido los que han sacado mayor provecho de este modelo, sin embargo, como resultado de su proyecto de desarrollo han producido un gran desgaste a su base ecológica, con lo cual se han vuelto dependientes de los recursos y servicios de los ecosistemas de los países del Sur. Por otra parte, el nivel de desarrollo alcanzado en estos países pareciera no estar produciendo el bienestar que se podría asociar a su situación en el sistema económico mundial (muchas encuestas reflejan la caída en el nivel de satisfacción con la propia vida que recorre a los países llamados desarrollados).

Por otro lado, un tercer aspecto se refiere a la situación ambigua que deben enfrentar algunos países del Sur, poseedores de una gran riqueza de recursos naturales, pero compelidos por la lógica del sistema económico imperante a explotarlos intensivamente para pagar deudas y obtener beneficios económicos que les permitan mejorar las condiciones de vida de sus poblaciones. Un cuarto aspecto, se refiere a una de las consecuencias más perversas de la versión actual del capitalismo, referida a la existencia de una abismal desigualdad entre el nivel de vida de unos países y otros e internamente dentro de cada país, lo que algunos han caracterizado como la existencia de un Norte en el Sur y de un Sur en el Norte.

En esta serie de artículos haremos algunas reflexiones derivadas de estos cuatro aspectos, más que para proponer soluciones, para plantear temas de debate que deberían ser considerados en las discusiones sobre los proyectos de desarrollo a construir en el Sur del mundo.

Evidencias de la degradación ambiental

Una de las medidas que se utiliza para medir la degradación ambiental es el indicador de la Huella Ecológica. Este indicador da una medida del nivel de consumo de recursos y emisiones contaminantes en relación con la capacidad del planeta para regenerarse y absorber esas emisiones. En palabras del World Wildlife Fund (WWF): “La Huella Ecológica mide el área de tierra biológicamente productiva y el agua necesaria para proporcionar los recursos renovables que la gente utiliza, e incluye el espacio necesario para infraestructuras y la vegetación para absorber el dióxido de carbono (CO2)”[1].

Según las mediciones correspondientes a 2007, el planeta está siendo sometido a una sobre explotación de sus capacidades (una translimitación ecológica, según WWF). Según esta medición, para ese año la biocapacidad del planeta era de 11.900 millones de hectáreas globales (hag) y la Huella Ecológica de consumo de ese año fue de 18.000 millones de hag. Esto implica una biocapacidad de 1,8 hag por persona y una Huella Ecológica de consumo de 2,7 hag por persona, es decir, un consumo que está 50% por encima de la biocapacidad del planeta.

Según este índice, para 2007 los países de altos ingresos tenían una Huella Ecológica que duplicaba a su biocapacidad (6,1 hag vs. 3,1 hag). El ciudadano promedio europeo, por ejemplo, poseía una Huella Ecológica de consumo de 4,7 hag, en comparación con el promedio mundial de 2,7 hag por persona, mientras la biocapacidad promedio de Europa era de 2,9 hag por persona, lo que significa que la Huella Ecológica de sus habitantes era un 62% superior a la biocapacidad del continente.

En contraste, los países africanos tenían una biocapacidad promedio de 1,5 hag por persona y una Huella Ecológica de consumo de 1,4 hag; los países de América Latina y El Caribe tenían una biocapacidad de 5,5 hag y una Huella Ecológica de 2,6 hag por persona; mientras los países asiáticos tenían una biocapacidad de 0,8 hag y una Huella Ecológica de 1,8 hag. Entre los casos más notorios se encuentra Estados Unidos, que en 2007 tenía una biocapacidad de 3,9 hag y una Huella Ecológica de 8,0 hag, es decir, que consumía más del doble de lo que su biocapacidad le permitiría.

Según el Informe de WWF, “los 31 países de la OCDE, que incluye las economías más ricas del mundo, totalizan el 37% de la Huella Ecológica de la humanidad”[2], esto con una población que equivale al 18% de la población mundial.

Aunque existen otros indicadores relevantes para mostrar el deterioro que está sufriendo el planeta, resulta evidente con este indicador que el planeta está siendo sometido a un proceso de agotamiento de sus capacidades que implica la destrucción de los recursos que necesitarán las generaciones futuras para tener una vida de bienestar. Lo más grave de esta situación es que el deterioro se está concentrando en los países más empobrecidos, pues son éstos los que están sosteniendo el nivel de consumo de los países del norte desarrollado. Sobre ello hablaremos en la próxima entrega.■





[1] WWF. Informe Planeta Vivo 2010. p. 10. En: http://www.wwf.es/noticias/informes_y_publicaciones/informe_planeta_vivo_2010/.
[2] Ibídem. p. 41.

miércoles, 23 de febrero de 2011

“Nos encontramos ante la crisis de un patrón civilizatorio”

Entrevista a Edgardo Lander (II Parte)

En esta segunda entrega, Lander enfatiza en los problemas que la concepción actual de la ciencia y la tecnología tienen para ofrecer soluciones a la crisis ambiental global, así como la que enfrenta el pensamiento occidental, predominante en los organismos internacionales, para poder ofrecer alternativas a la desigualdad en la apropiación de los bienes comunes de la humanidad y sus consecuencias.

(Tomado de: DEFENSORÍA DEL PUEBLO. Seminario Internacional “Las Instituciones Nacionales de Derechos Humanos y la Protección de los Derechos Sociales”. Experiencias, Perspectivas y Desafíos. Caracas, 2010. Pp. 20-30.)


Usted también hacía referencia en su ponencia a que existe un orden político-institucional internacional que está deslegitimado e incapacitado para actuar frente a la situación que usted viene describiendo, así pues, ¿existe alguna perspectiva de que esto evolucione en un sentido positivo, o de una transformación?

Yo creo que aquí nos encontramos ante un reto humano absolutamente exigente y difícil, que yo lo llamaría el reto del tiempo histórico, y creo que se nos está acabando el tiempo; y esto es uno de los asuntos que constituye, o de los aspectos circundantes, de lo que yo llamo una nueva época histórica. En los imaginarios tanto liberales como socialistas que han sido hegemónicos ha habido una noción de acuerdo a la cual el tiempo es una especie de bien infinito, que está ahí, que el tiempo es a futuro; esto se expresa en la misma idea del progreso, la idea de desarrollo, la idea de revolución, incluso en la expresión “el tiempo nos pertenece”, en fin, que el tiempo parece no tener límites. Pero resulta que el tiempo hoy tiene límites, porque la lógica depredadora destructiva está operando con tal potencia, en relación a un planeta que se nos hace pequeño, que si no hay una reversión a relativamente corto plazo de estas tendencias depredadoras vamos a llegar a una situación de destrucción.

Esta última tiene por supuesto una dimensión fundamental, que tiene que ver con la destrucción de las capacidades productivas del sistema Tierra, pero tiene que ver también con la relación entre los seres humanos, con las profundas desigualdades existentes, con las profundas exclusiones, con el hecho de que el impacto de la destrucción ambiental tenga efectos profundamente desiguales en los diferentes sectores de la población, con el hecho de que un cambio de dos o tres grados de temperatura en África es la diferencia entre la vida y la muerte para centenares de millones de campesinos que dejan de tener acceso a suficiente agua para los cultivos. Todo esto implica también una situación en la que se seguirán acelerando y haciendo cada vez más frecuentes tanto las guerras por la apropiación de las condiciones de la vida, como la situación de creciente militarización y represión sobre las migraciones, sobre personas que no tienen más remedio que migrar porque en los territorios donde viven no tienen las condiciones para seguir viviendo. Todo esto está pasando hoy, y está pasando con creciente fuerza y velocidad.

[En este contexto,] nuestra institución global más importante no es necesariamente Naciones Unidas, mucho más importante que ésta son los organismos financieros internacionales, la Organización Mundial de Comercio y la OTAN, por ejemplo, que son mucho más decisorias sobre el futuro de la humanidad que lo que es la Asamblea General de Naciones Unidas, que puede decir y desdecir lo que quiera y eso no tiene incidencia alguna, más allá del reconocimiento de una opinión.

Uno de los ámbitos donde uno puede ver los desbalances entre las institucionalidades existentes y los retos que confrontamos, es en la forma como se está manejando el tema del cambio climático. Si uno ve todo el proceso de diagnóstico que hace el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, las negociaciones que condujeron a Kioto, su cumplimiento o no cumplimiento y los efectos e impactos del mismo, lo que fueron las negociaciones conducentes a la Conferencia de Copenhague y sus resultados, uno ve que ésta es una agenda que está absolutamente dominada por una forma de pensar los temas de la crisis del clima planetario fundamentalmente en los siguientes términos: un reconocimiento serio y real de que la situación es insostenible, de que requiere remedio, alternativas, de que la acción humana y la forma como se impacta el clima a través de la generación de gases que producen el efecto invernadero está creando severas amenaza a la vida, pero todo bajo el supuesto de que es posible (sin repensar las nociones de desarrollo, de bienestar y de progreso), tomar algunas medidas de naturaleza de cambio tecnológico y de incentivos de mercado que sean capaces de orientar el proceso para resolver los problemas. Y esto tiene que ver con el diagnóstico que, sin embargo, es un diagnóstico absolutamente chato y unidimensional, es decir, cuando se habla de cambio climático pareciera que se estuviese hablando exclusivamente del aumento de la temperatura de la atmósfera.

En definitiva, lo que quiero argumentar es lo siguiente: yo creo que nos encontramos ante la crisis de un patrón civilizatorio, con todo lo que ello implica, un patrón de conocimiento, un patrón de subjetividad humana, un patrón de noción de lo que es la riqueza, de lo que es la economía… Todo eso, es insostenible.

Toda la negociación que se está dando a propósito del cambio climático se está haciendo al interior de este patrón civilizatorio, sin cuestionar ninguno de estos supuestos. No se cuestiona que hay que seguir creciendo, no se cuestiona la noción de bienestar asociada a la acumulación material, no se cuestiona el carácter objetivo y universal de esta ciencia y esta tecnología como los instrumentos principales que nos van a dar la posibilidad de respuesta a estos problemas, no se cuestiona que el mercado es el mecanismo fundamental mediante el cual es posible dar una respuesta; se dice que lo que hace falta son incentivos y precios, con políticas públicas y acuerdos internacionales que hagan que las empresas encuentren que sea más negocio [utilizar] energías verdes y alternativas que la energía petrolera. No se cuestiona que, es este patrón civilizatorio, este patrón de conocimiento, el que está en crisis.

Entonces, si uno compara el discurso, los acuerdos y los supuestos de lo que está en esta dirección, con lo que ocurrió en la Cumbre de Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra en Cochabamba, uno se da cuenta de que hay dos nociones del mundo diferentes; es decir, lo que está en juego no es simplemente que en los acuerdos las emisiones se reduzcan de tanto a tanto, se trata de otra cosa. Se trata de decir: “vamos a repensar esto”. ¿Qué pasa si pensamos que una noción antropocéntrica de los derechos ya no vale?, ¿qué pasa si consideramos que formamos parte de un sistema, que es la Tierra, y que sin la sobrevivencia de ésta y sin la preservación de sus condiciones de reproducción saludable –llamémosla o no Madre Tierra– no es posible la preservación de la vida en el planeta?, ¿qué pasa si la ciencia y la tecnología que se ha desarrollado en estos 500 años de creciente hegemonía de este patrón occidental capitalista, son una ciencia y una tecnología que están montadas sobre supuestos de control y dominación, de exterioridad y objetivación de la naturaleza, y que ese patrón de conocimiento es un aspecto medular del problema y no de la solución? En fin, que necesitamos otro patrón de conocimiento, uno que no esté montado, como lo concibió Bacon, como una noción de que “saber es poder”, saber sobre la naturaleza es poder sobre la naturaleza, que la función de la ciencia y la tecnología es prever para transformar, dominar, aplastar, someter, explotar la naturaleza, lo que representa una declaración de guerra de los seres humanos contra la naturaleza, y que estamos en una de las batallas finales de esa guerra y que, cuando terminemos de matar a la naturaleza será la historia final y la muerte de todo.

Entonces, en este sentido es que digo que estamos ante un asunto civilizatorio, un asunto de los supuestos básicos, algunos de los cuales vienen desde los inicios de la propiedad, desde los inicios de la propia cultura occidental en génesis. En la Biblia se establece una separación, muy particular de la tradición judeo-cristiana, entre lo humano, lo divino y lo natural, que no es lo común en nuestras culturas; es decir, está Dios, que creó la naturaleza, creó a los seres humanos, para explotar la naturaleza, y ésta es una especie de creación para que el hombre tenga sustento; pero, la naturaleza no es sagrada en esta cosmología, como sí lo es en otras. Es cierto que existen otras interpretaciones posibles; hoy existe una teología cristiana otra, como la de Leonardo Boff por ejemplo, que desde la visión cristiana hace una reinterpretación totalmente diferente, pero no cabe duda que la interpretación que ha sido hegemónica en la historia del cristianismo y del pensamiento judeo-cristiano ha sido esta noción de la naturaleza como objeto, como cosa, para ser sometida y que, cuando esta visión fue secularizada en los inicios de la ciencia moderna se convirtió en algo mucho más radical, en una objetivación radicalista.

Entonces, mientras no reconozcamos esta dimensión civilizatoria de esta noción de los seres humanos sometiendo, apropiándose, en función del crecimiento, del progreso, las propuestas surgidas de las negociaciones seguirán inscritas en la misma lógica que, lejos de solucionar los problemas lo que hacen es acentuarlos, como por ejemplo las pretensiones de resolver el problema de la producción de energía con una supuesta fuente alternativa, los combustibles de origen orgánico o biocombustibles.

A diferencia de lo que decía Hayek, que mientras unos se hacen más ricos están dando el ejemplo de lo que los que están excluidos van a ser en el futuro, hoy por el contrario, porque hemos sobrepasado los límites del planeta, este juego suma cero implica que mientras unos se hacen más ricos otros se hacen más pobres, mientras unos derrochan más otros se mueren de hambre.

Entonces, esa situación hace que el tema de las relaciones de poder entre unos y otros, el tema de la institucionalidad global, se coloque en primer plano porque no hay respuesta posible a los retos de la sobrevivencia de la humanidad sin una radical redistribución del acceso a los bienes comunes. El tema de la desigualdad no es sólo un asunto ético, moral o de aspiración de gente que tenga valores por la igualdad; estas profundas desigualdades, necesariamente, hacen que haya inmensas proporciones de la población humana que no tienen capacidad de acceso a las condiciones mínimas de la vida, y esta proporción de la humanidad hará lo posible por sobrevivir, y si para sobrevivir tienen que atravesar desiertos y llegar en las condiciones que sea a los lugares donde la vida es posible, lo harán; y si esto lleva a la muerte, a la militarización de fronteras y al hundimiento de barcos en el Mediterráneo, [entonces], la gente, entre morirse pasivamente, y tener alguna posibilidad de sobrevivir estos enfrentamientos y estas barreras, pensará que por lo menos vale la pena apostar por la vida y no resignarse a morir en el lugar donde no tiene condiciones de vida. Es una situación en que la violencia, la guerra y la represión y este régimen de apartheid social son casi inevitables; es decir, estamos caminando hacia eso, y esto es estructural, no es problema de una política de algún u otro gobernante, no es un problema de que Berlusconi, por ejemplo, sea de derecha y esté implementando unas leyes particularmente racistas en Italia. No se trata de eso, es un asunto estructural, de la profundidad de las diferencias y la imposibilidad de resolver los problemas desde una transformación profunda de las condiciones de apropiación desigual.

Y este tema, el de las condiciones desiguales de apropiación, el tema de la redistribución, no está en la agenda. Si tú lees cuanto documento quieras de Naciones Unidas o cualquier otro organismo internacional, te darás cuenta que el tema de la redistribución simplemente no está, porque significa tocar cosas que desde el poder no se quieren tocar, simplemente.


Edgardo Lander es uno de los más destacados pensadores y autores sobre la izquierda en Venezuela. Es doctor en Sociología por la Universidad de Harvard, profesor titular de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela y docente investigador del Departamento de Estudios Latinoamericanos de la Escuela de Sociología de dicha universidad.