Entrevista a Edgardo Lander (II Parte)
En esta segunda entrega, Lander enfatiza en los problemas que la concepción actual de la ciencia y la tecnología tienen para ofrecer soluciones a la crisis ambiental global, así como la que enfrenta el pensamiento occidental, predominante en los organismos internacionales, para poder ofrecer alternativas a la desigualdad en la apropiación de los bienes comunes de la humanidad y sus consecuencias.
(Tomado de: DEFENSORÍA DEL PUEBLO. Seminario Internacional “Las Instituciones Nacionales de Derechos Humanos y la Protección de los Derechos Sociales”. Experiencias, Perspectivas y Desafíos. Caracas, 2010. Pp. 20-30.)
Usted también hacía referencia en su ponencia a que existe un orden político-institucional internacional que está deslegitimado e incapacitado para actuar frente a la situación que usted viene describiendo, así pues, ¿existe alguna perspectiva de que esto evolucione en un sentido positivo, o de una transformación?
Yo creo que aquí nos encontramos ante un reto humano absolutamente exigente y difícil, que yo lo llamaría el reto del tiempo histórico, y creo que se nos está acabando el tiempo; y esto es uno de los asuntos que constituye, o de los aspectos circundantes, de lo que yo llamo una nueva época histórica. En los imaginarios tanto liberales como socialistas que han sido hegemónicos ha habido una noción de acuerdo a la cual el tiempo es una especie de bien infinito, que está ahí, que el tiempo es a futuro; esto se expresa en la misma idea del progreso, la idea de desarrollo, la idea de revolución, incluso en la expresión “el tiempo nos pertenece”, en fin, que el tiempo parece no tener límites. Pero resulta que el tiempo hoy tiene límites, porque la lógica depredadora destructiva está operando con tal potencia, en relación a un planeta que se nos hace pequeño, que si no hay una reversión a relativamente corto plazo de estas tendencias depredadoras vamos a llegar a una situación de destrucción.
Esta última tiene por supuesto una dimensión fundamental, que tiene que ver con la destrucción de las capacidades productivas del sistema Tierra, pero tiene que ver también con la relación entre los seres humanos, con las profundas desigualdades existentes, con las profundas exclusiones, con el hecho de que el impacto de la destrucción ambiental tenga efectos profundamente desiguales en los diferentes sectores de la población, con el hecho de que un cambio de dos o tres grados de temperatura en África es la diferencia entre la vida y la muerte para centenares de millones de campesinos que dejan de tener acceso a suficiente agua para los cultivos. Todo esto implica también una situación en la que se seguirán acelerando y haciendo cada vez más frecuentes tanto las guerras por la apropiación de las condiciones de la vida, como la situación de creciente militarización y represión sobre las migraciones, sobre personas que no tienen más remedio que migrar porque en los territorios donde viven no tienen las condiciones para seguir viviendo. Todo esto está pasando hoy, y está pasando con creciente fuerza y velocidad.
[En este contexto,] nuestra institución global más importante no es necesariamente Naciones Unidas, mucho más importante que ésta son los organismos financieros internacionales, la Organización Mundial de Comercio y la OTAN, por ejemplo, que son mucho más decisorias sobre el futuro de la humanidad que lo que es la Asamblea General de Naciones Unidas, que puede decir y desdecir lo que quiera y eso no tiene incidencia alguna, más allá del reconocimiento de una opinión.
Uno de los ámbitos donde uno puede ver los desbalances entre las institucionalidades existentes y los retos que confrontamos, es en la forma como se está manejando el tema del cambio climático. Si uno ve todo el proceso de diagnóstico que hace el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, las negociaciones que condujeron a Kioto, su cumplimiento o no cumplimiento y los efectos e impactos del mismo, lo que fueron las negociaciones conducentes a la Conferencia de Copenhague y sus resultados, uno ve que ésta es una agenda que está absolutamente dominada por una forma de pensar los temas de la crisis del clima planetario fundamentalmente en los siguientes términos: un reconocimiento serio y real de que la situación es insostenible, de que requiere remedio, alternativas, de que la acción humana y la forma como se impacta el clima a través de la generación de gases que producen el efecto invernadero está creando severas amenaza a la vida, pero todo bajo el supuesto de que es posible (sin repensar las nociones de desarrollo, de bienestar y de progreso), tomar algunas medidas de naturaleza de cambio tecnológico y de incentivos de mercado que sean capaces de orientar el proceso para resolver los problemas. Y esto tiene que ver con el diagnóstico que, sin embargo, es un diagnóstico absolutamente chato y unidimensional, es decir, cuando se habla de cambio climático pareciera que se estuviese hablando exclusivamente del aumento de la temperatura de la atmósfera.
En definitiva, lo que quiero argumentar es lo siguiente: yo creo que nos encontramos ante la crisis de un patrón civilizatorio, con todo lo que ello implica, un patrón de conocimiento, un patrón de subjetividad humana, un patrón de noción de lo que es la riqueza, de lo que es la economía… Todo eso, es insostenible.
Toda la negociación que se está dando a propósito del cambio climático se está haciendo al interior de este patrón civilizatorio, sin cuestionar ninguno de estos supuestos. No se cuestiona que hay que seguir creciendo, no se cuestiona la noción de bienestar asociada a la acumulación material, no se cuestiona el carácter objetivo y universal de esta ciencia y esta tecnología como los instrumentos principales que nos van a dar la posibilidad de respuesta a estos problemas, no se cuestiona que el mercado es el mecanismo fundamental mediante el cual es posible dar una respuesta; se dice que lo que hace falta son incentivos y precios, con políticas públicas y acuerdos internacionales que hagan que las empresas encuentren que sea más negocio [utilizar] energías verdes y alternativas que la energía petrolera. No se cuestiona que, es este patrón civilizatorio, este patrón de conocimiento, el que está en crisis.
Entonces, si uno compara el discurso, los acuerdos y los supuestos de lo que está en esta dirección, con lo que ocurrió en la Cumbre de Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra en Cochabamba, uno se da cuenta de que hay dos nociones del mundo diferentes; es decir, lo que está en juego no es simplemente que en los acuerdos las emisiones se reduzcan de tanto a tanto, se trata de otra cosa. Se trata de decir: “vamos a repensar esto”. ¿Qué pasa si pensamos que una noción antropocéntrica de los derechos ya no vale?, ¿qué pasa si consideramos que formamos parte de un sistema, que es la Tierra, y que sin la sobrevivencia de ésta y sin la preservación de sus condiciones de reproducción saludable –llamémosla o no Madre Tierra– no es posible la preservación de la vida en el planeta?, ¿qué pasa si la ciencia y la tecnología que se ha desarrollado en estos 500 años de creciente hegemonía de este patrón occidental capitalista, son una ciencia y una tecnología que están montadas sobre supuestos de control y dominación, de exterioridad y objetivación de la naturaleza, y que ese patrón de conocimiento es un aspecto medular del problema y no de la solución? En fin, que necesitamos otro patrón de conocimiento, uno que no esté montado, como lo concibió Bacon, como una noción de que “saber es poder”, saber sobre la naturaleza es poder sobre la naturaleza, que la función de la ciencia y la tecnología es prever para transformar, dominar, aplastar, someter, explotar la naturaleza, lo que representa una declaración de guerra de los seres humanos contra la naturaleza, y que estamos en una de las batallas finales de esa guerra y que, cuando terminemos de matar a la naturaleza será la historia final y la muerte de todo.
Entonces, en este sentido es que digo que estamos ante un asunto civilizatorio, un asunto de los supuestos básicos, algunos de los cuales vienen desde los inicios de la propiedad, desde los inicios de la propia cultura occidental en génesis. En la Biblia se establece una separación, muy particular de la tradición judeo-cristiana, entre lo humano, lo divino y lo natural, que no es lo común en nuestras culturas; es decir, está Dios, que creó la naturaleza, creó a los seres humanos, para explotar la naturaleza, y ésta es una especie de creación para que el hombre tenga sustento; pero, la naturaleza no es sagrada en esta cosmología, como sí lo es en otras. Es cierto que existen otras interpretaciones posibles; hoy existe una teología cristiana otra, como la de Leonardo Boff por ejemplo, que desde la visión cristiana hace una reinterpretación totalmente diferente, pero no cabe duda que la interpretación que ha sido hegemónica en la historia del cristianismo y del pensamiento judeo-cristiano ha sido esta noción de la naturaleza como objeto, como cosa, para ser sometida y que, cuando esta visión fue secularizada en los inicios de la ciencia moderna se convirtió en algo mucho más radical, en una objetivación radicalista.
Entonces, mientras no reconozcamos esta dimensión civilizatoria de esta noción de los seres humanos sometiendo, apropiándose, en función del crecimiento, del progreso, las propuestas surgidas de las negociaciones seguirán inscritas en la misma lógica que, lejos de solucionar los problemas lo que hacen es acentuarlos, como por ejemplo las pretensiones de resolver el problema de la producción de energía con una supuesta fuente alternativa, los combustibles de origen orgánico o biocombustibles.
A diferencia de lo que decía Hayek, que mientras unos se hacen más ricos están dando el ejemplo de lo que los que están excluidos van a ser en el futuro, hoy por el contrario, porque hemos sobrepasado los límites del planeta, este juego suma cero implica que mientras unos se hacen más ricos otros se hacen más pobres, mientras unos derrochan más otros se mueren de hambre.
Entonces, esa situación hace que el tema de las relaciones de poder entre unos y otros, el tema de la institucionalidad global, se coloque en primer plano porque no hay respuesta posible a los retos de la sobrevivencia de la humanidad sin una radical redistribución del acceso a los bienes comunes. El tema de la desigualdad no es sólo un asunto ético, moral o de aspiración de gente que tenga valores por la igualdad; estas profundas desigualdades, necesariamente, hacen que haya inmensas proporciones de la población humana que no tienen capacidad de acceso a las condiciones mínimas de la vida, y esta proporción de la humanidad hará lo posible por sobrevivir, y si para sobrevivir tienen que atravesar desiertos y llegar en las condiciones que sea a los lugares donde la vida es posible, lo harán; y si esto lleva a la muerte, a la militarización de fronteras y al hundimiento de barcos en el Mediterráneo, [entonces], la gente, entre morirse pasivamente, y tener alguna posibilidad de sobrevivir estos enfrentamientos y estas barreras, pensará que por lo menos vale la pena apostar por la vida y no resignarse a morir en el lugar donde no tiene condiciones de vida. Es una situación en que la violencia, la guerra y la represión y este régimen de apartheid social son casi inevitables; es decir, estamos caminando hacia eso, y esto es estructural, no es problema de una política de algún u otro gobernante, no es un problema de que Berlusconi, por ejemplo, sea de derecha y esté implementando unas leyes particularmente racistas en Italia. No se trata de eso, es un asunto estructural, de la profundidad de las diferencias y la imposibilidad de resolver los problemas desde una transformación profunda de las condiciones de apropiación desigual.
Y este tema, el de las condiciones desiguales de apropiación, el tema de la redistribución, no está en la agenda. Si tú lees cuanto documento quieras de Naciones Unidas o cualquier otro organismo internacional, te darás cuenta que el tema de la redistribución simplemente no está, porque significa tocar cosas que desde el poder no se quieren tocar, simplemente.
Edgardo Lander es uno de los más destacados pensadores y autores sobre la izquierda en Venezuela. Es doctor en Sociología por la Universidad de Harvard, profesor titular de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela y docente investigador del Departamento de Estudios Latinoamericanos de la Escuela de Sociología de dicha universidad.
miércoles, 23 de febrero de 2011
miércoles, 16 de febrero de 2011
“El capitalismo es incompatible con la vida en el planeta Tierra”
Entrevista a Edgardo Lander (I Parte)
En julio de 2009 el profesor Edgardo Lander participó en el seminario internacional “Las Instituciones Nacionales de Derechos Humanos y la Protección de los Derechos Sociales”, convocado por la Defensoría del Pueblo de Venezuela. Allí presentó una ponencia referida al Sistema Capitalista Mundial y los Derechos Sociales, que abrió el evento. A finales de 2010 la Defensoría del Pueblo publicó las memorias de este seminario, en las cuales se incluye esta entrevista, en la cual se realiza una profunda crítica a las bases que sostienen el sistema internacional de derechos humanos, al modelo de desarrollo hegemónico, así como a las instituciones que ejercen el gobierno mundial.
(Tomado de: DEFENSORÍA DEL PUEBLO. Seminario Internacional “Las Instituciones Nacionales de Derechos Humanos y la Protección de los Derechos Sociales”. Experiencias, Perspectivas y Desafíos. Caracas, 2010. Pp. 20-30.)
En su ponencia sobre el Sistema Capitalista Mundial y los Derechos Sociales, usted planteaba que había que repensar los derechos humanos en general y los derechos sociales en particular, debido a las consecuencias que ha venido generando sobre el planeta el modelo de desarrollo impulsado desde Occidente. Entre estos aspectos usted mencionaba que la noción de bienestar que tenemos en la cultura occidental está directamente vinculada a una lógica de explotación de los recursos naturales que no considera los límites del planeta. ¿Podría desarrollar esta idea?
Bueno, toda la doctrina internacional sobre derechos humanos, desde la fundación de Naciones Unidas, pero sobre todo desde el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, está al interior de un imaginario absolutamente hegemónico de confianza en el progreso, en el desarrollo, en una concepción lineal de la historia que camina hacia adelante, hacia una sociedad de bienestar material; ese imaginario es absolutamente, y sin ambigüedades, dominante, y esto tiene consecuencias muy claras.
A pesar de los pocos años que han transcurrido desde la década de los 60 a la actualidad, la situación del planeta y los retos que nos plantea hoy la sobrevivencia de los seres humanos en la Tierra se han transformado radicalmente. Estamos en una nueva época histórica, una “otra” época en la cual las categorías con las cuales analizábamos el mundo hasta hace pocas décadas simplemente ya no son adecuadas; porque esas categorías, esa manera de ver el mundo, están montadas sobre unos supuestos, una visión de la realidad, que ya es obviamente incompatible con los retos que plantea la sobrevivencia.
La noción de progreso, desarrollo y de todas las formas discursivas con las cuales se ha construido este imaginario, han supuesto varias cosas. En primer lugar están montadas sobre una separación radical, una separación básica que viene de muy atrás, entre lo humano y lo no-humano, entre cultura y naturaleza, y una construcción de acuerdo a la cual el resto de la vida, y el resto de la naturaleza, de lo no-humano, están de alguna manera allí para ser convertidos en los llamados “recursos” a ser apropiados, explotados y sometidos en función del bienestar de los seres humanos. Entonces, aquí hay una primera cosa que tiene que ver absolutamente con el carácter antropocéntrico de esta visión de la vida, que por supuesto convierte no sólo al agua, los mares y el resto de la llamada naturaleza, sino [también] al resto de los animales y de la vida, en objetos, en cosas a ser sometidas, explotadas; y eso está muy claramente expresado en los documentos de los derechos humanos.
Por otra parte, ha habido en toda esta tradición de la noción de progreso, y después en las formas como se adopta durante el periodo de la segunda Postguerra la noción de desarrollo, una identificación muy economicista que asocia el bienestar humano fundamentalmente con la acumulación creciente de bienes materiales. Esto está presente en todas las mediciones de la economía, como el Producto Interno Bruto, incluso en las mediciones con perspectiva crítica como el Índice de Desarrollo Humano; están todas montadas fundamentalmente sobre la idea de que hay posibilidad de cuantificar el bienestar humano, identificando la felicidad humana con la acumulación de cosas, es decir, con esta materialidad, que es de un reduccionismo economicista brutal pero que ha sido y sigue siendo, hoy en el mundo, hegemónica.
Esto hoy nos plantea unos retos extraordinarios por varias razones; en primer lugar, porque el imaginario de la oferta de la buena vida, la oferta de futuro, la oferta de lo que se supone que es el bienestar y de lo que son los derechos económicos, sociales y culturales que están ofrecidos al conjunto de la humanidad, son una radical imposibilidad; es decir, no hay posibilidades en el planeta de que el conjunto de la población tenga acceso a ese patrón de derechos, que fue construido fundamentalmente desde el modelo ideal del Estado de Bienestar Social europeo .
Por eso creo que deben ser repensados, repensados totalmente, porque si uno dice que esta doctrina de derechos humanos fue construida sobre unos determinados supuestos, y esos supuestos ya no son válidos, entonces hoy tenemos el reto de decir: ¿qué implicaciones tiene que los supuestos con los cuales construimos todo este pensamiento ya no sean válidos?, y si los supuestos sobre los cuales tenemos que trabajar hoy son otros ¿qué implicaciones tiene, desde esos otros supuestos, reconstruir la noción de los derechos?
Y esto implica una ruptura. Aquí no vale remiendo, no es que vamos a incorporar derechos de cuarta generación y meterle derechos de la naturaleza, como especie de agregado al edificio, como si el edificio estuviera bien y luego decimos: “¡Ay! Pero se nos olvidó la naturaleza”. No se trata entonces de inventarse una quinta generación, ni de inventarse un cuento nuevo, sino de ver cómo estamos montados sobre unos supuestos que ya no valen, unos supuestos perfectamente comprensibles y entendibles en otro contexto histórico. Pero hoy [la situación ha cambiado], nos encontramos en una nueva época de la humanidad, y esta ruptura todavía no la terminamos de reconocer; y es una ruptura de tal radicalidad que si los procesos de sometimiento, explotación, de crecimiento económico, entre otros, siguen al ritmo que van, a pesar de Kioto, a pesar de todas las convenciones y todas las negociaciones, es bastante probable que la vida humana no pueda seguir más allá de este siglo.
Es la crisis de un patrón civilizatorio, que no es sólo del capitalismo. El capitalismo ha sido el régimen histórico que ha llevado todas estas lógicas expansivas y de sometimiento a su máxima expresión, pero no es solamente el capitalismo, porque la experiencia soviética nos enseñó que uno podía tener, con otras lógicas, con otras nociones anticapitalistas, con otras formas de administración de la propiedad, un modelo tan o más destructor que el capitalismo. Entonces, tenemos varios retos planteados simultáneamente. Sabemos que el capitalismo como régimen de producción necesariamente requiere crecimiento, el capitalismo sin crecimiento no es capitalismo, sino crisis solamente; y es depredador porque su lógica es la lógica de la acumulación con criterios de corto plazo y de prioridad de la rentabilidad, y eso significa necesariamente la apropiación creciente de recursos y de capacidades productivas donde quiera que estén. Es decir, el capitalismo es incompatible con la vida en el planeta Tierra, por eso, cualquier opción de vida es necesariamente anticapitalista.
Pero si no mantenemos en mente que no son solo las relaciones de propiedad, sino los imaginarios respecto a la buena vida, al bienestar, al crecimiento, al desarrollo, al progreso, al papel de la ciencia y la tecnología, etc., podemos, con otras formas de propiedad, generar sin embargo otras formas de organización de la sociedad que a lo mejor terminan siendo capitalismo de Estado o terminan siendo quién sabe qué, o lo que se ha llamado socialismo, que pueden tener desde el punto de vista de estos problemas la misma lógica, a pesar de que puedan tener mayor equidad o muchas otras cosas diferentes al capitalismo. Pero si no se ponen en cuestión estos aspectos fundamentales que venimos planteando, tampoco hay posibilidades de que proceda una respuesta creíble, válida.
Por otra parte, hay un tema que a mí me parece crítico de algo que yo llamo cambio de época, sobre lo cual volveremos posteriormente, que tiene que ver con lo siguiente. En el pensamiento liberal, y esto aparece muy claramente en las tesis de Hayek, hay una noción de la relación entre crecimiento económico y desigualdad, en el siguiente sentido: Hayek afirma que la desigualdad es una condición del crecimiento económico, una condición que hace que haya una apropiación [mayor] de los bienes y capacidades productivas y creativas de la sociedad por unas personas, lo que permite que esa gente con esos excedentes pueda invertir, crear, pueda tener tiempo disponible, etc., y pueda generar patrones de referencia de consumo, que se convierten en la referencia de aspiración de los que están en niveles más bajos, como [meta] a la cual van a llegar; entonces, esa desigualdad es permanentemente una especie de carrera hacia el futuro, hacia el progreso, hacia el desarrollo, porque siempre esta gente que tiene más es el ejemplo para que los demás aspiren a tener eso.
Pero hoy nos encontramos con una situación nueva en ese sentido, que va más allá de las críticas hacia Hayek o de lo absurdo de esta concepción, [consistente en] la imposibilidad de crear una noción de ciudadanía si las diferencias entre la gente son tan desiguales que no es posible siquiera pensar en la noción de ciudadanía. Pero más allá de eso, hay otro aspecto que es fundamental, y es que todos nos encontramos con que simultáneamente son ciertas dos cosas: que la humanidad en su conjunto está utilizando la capacidad productiva del planeta Tierra más allá de su propia capacidad de reposición, es decir que estamos sobre-utilizando la capacidad productiva de la Tierra de acuerdo a algunos cálculos en más del 30%, lo cual quiere decir que como humanidad nos hacemos cada vez más pobres (si pensáramos en la Tierra como nuestro capital de vida, aún en la visión más antropocéntrica posible, de todas maneras estamos sobre-utilizando aquello que es la fuente de la riqueza de esta visión de bienestar); y que esto ocurre simultáneamente en [circunstancias] en las cuales una proporción importante de la humanidad hoy carece de las condiciones básicas no sólo de una vida digna sino de la producción material mínima, es decir, en cuanto a condiciones de, por ejemplo, tener acceso al agua potable o tener un consumo calórico suficiente como para reproducir la vida de una manera sana. En el año 2008 la FAO calculó que había más de mil millones de personas, es decir entre la sexta y la séptima parte de la humanidad, que pasaba hambre todos los días.
Entonces, ¿cómo se compatibiliza?, ¿qué ocurre cuando estamos sobre-utilizando la capacidad de la Tierra y una significativa proporción de la humanidad no tiene acceso ni siquiera a las condiciones básicas de la vida? Esto quiere decir, y es una cosa que me parece vital en la comprensión de los nuevos tiempos, que a diferencia de las nociones de Hayek, en que la diferencia y la desigualdad son condición de la reproducción del crecimiento, nos encontramos sin embargo en una nueva situación en la cual hemos llegado a una situación suma cero. Esto significa que, si unos quieren más otros necesariamente tienen menos; si hay un sector de la población que está utilizando la capacidad de carga del planeta en una determinada producción, eso quiere decir que para otros habrá necesariamente menos. Ya no podemos seguir pensando en términos estrictamente económicos de producción de dinero, sino en términos de la base material sustantiva de la generación de riquezas, y esta base sustantiva es la materialidad de la capacidad regenerativa y productiva de los sistemas de la Tierra; y eso tiene límites, y ese límite está sobrepasado. Entonces, en la medida en que unos se apropian más, en proporciones crecientes de esta capacidad, como ha ocurrido en estos treinta años de neoliberalismo, eso quiere decir que para otros hay menos; no es que aquéllos van más adelante y éstos otros vienen después, sino que ya hay un proceso de apropiación de unos bienes limitados, y que mientras unos más se apropian, otros se quedan con menos. Esto en términos más directos quiere decir que mientras unos sectores de la población del planeta se hacen más ricos, otros necesariamente se hacen más pobres.
Edgardo Lander es uno de los más destacados pensadores y autores sobre la izquierda en Venezuela. Es doctor en Sociología por la Universidad de Harvard, profesor titular de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela y docente investigador del Departamento de Estudios Latinoamericanos de la Escuela de Sociología de dicha universidad.
En julio de 2009 el profesor Edgardo Lander participó en el seminario internacional “Las Instituciones Nacionales de Derechos Humanos y la Protección de los Derechos Sociales”, convocado por la Defensoría del Pueblo de Venezuela. Allí presentó una ponencia referida al Sistema Capitalista Mundial y los Derechos Sociales, que abrió el evento. A finales de 2010 la Defensoría del Pueblo publicó las memorias de este seminario, en las cuales se incluye esta entrevista, en la cual se realiza una profunda crítica a las bases que sostienen el sistema internacional de derechos humanos, al modelo de desarrollo hegemónico, así como a las instituciones que ejercen el gobierno mundial.
(Tomado de: DEFENSORÍA DEL PUEBLO. Seminario Internacional “Las Instituciones Nacionales de Derechos Humanos y la Protección de los Derechos Sociales”. Experiencias, Perspectivas y Desafíos. Caracas, 2010. Pp. 20-30.)
En su ponencia sobre el Sistema Capitalista Mundial y los Derechos Sociales, usted planteaba que había que repensar los derechos humanos en general y los derechos sociales en particular, debido a las consecuencias que ha venido generando sobre el planeta el modelo de desarrollo impulsado desde Occidente. Entre estos aspectos usted mencionaba que la noción de bienestar que tenemos en la cultura occidental está directamente vinculada a una lógica de explotación de los recursos naturales que no considera los límites del planeta. ¿Podría desarrollar esta idea?
Bueno, toda la doctrina internacional sobre derechos humanos, desde la fundación de Naciones Unidas, pero sobre todo desde el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, está al interior de un imaginario absolutamente hegemónico de confianza en el progreso, en el desarrollo, en una concepción lineal de la historia que camina hacia adelante, hacia una sociedad de bienestar material; ese imaginario es absolutamente, y sin ambigüedades, dominante, y esto tiene consecuencias muy claras.
A pesar de los pocos años que han transcurrido desde la década de los 60 a la actualidad, la situación del planeta y los retos que nos plantea hoy la sobrevivencia de los seres humanos en la Tierra se han transformado radicalmente. Estamos en una nueva época histórica, una “otra” época en la cual las categorías con las cuales analizábamos el mundo hasta hace pocas décadas simplemente ya no son adecuadas; porque esas categorías, esa manera de ver el mundo, están montadas sobre unos supuestos, una visión de la realidad, que ya es obviamente incompatible con los retos que plantea la sobrevivencia.
La noción de progreso, desarrollo y de todas las formas discursivas con las cuales se ha construido este imaginario, han supuesto varias cosas. En primer lugar están montadas sobre una separación radical, una separación básica que viene de muy atrás, entre lo humano y lo no-humano, entre cultura y naturaleza, y una construcción de acuerdo a la cual el resto de la vida, y el resto de la naturaleza, de lo no-humano, están de alguna manera allí para ser convertidos en los llamados “recursos” a ser apropiados, explotados y sometidos en función del bienestar de los seres humanos. Entonces, aquí hay una primera cosa que tiene que ver absolutamente con el carácter antropocéntrico de esta visión de la vida, que por supuesto convierte no sólo al agua, los mares y el resto de la llamada naturaleza, sino [también] al resto de los animales y de la vida, en objetos, en cosas a ser sometidas, explotadas; y eso está muy claramente expresado en los documentos de los derechos humanos.
Por otra parte, ha habido en toda esta tradición de la noción de progreso, y después en las formas como se adopta durante el periodo de la segunda Postguerra la noción de desarrollo, una identificación muy economicista que asocia el bienestar humano fundamentalmente con la acumulación creciente de bienes materiales. Esto está presente en todas las mediciones de la economía, como el Producto Interno Bruto, incluso en las mediciones con perspectiva crítica como el Índice de Desarrollo Humano; están todas montadas fundamentalmente sobre la idea de que hay posibilidad de cuantificar el bienestar humano, identificando la felicidad humana con la acumulación de cosas, es decir, con esta materialidad, que es de un reduccionismo economicista brutal pero que ha sido y sigue siendo, hoy en el mundo, hegemónica.
Esto hoy nos plantea unos retos extraordinarios por varias razones; en primer lugar, porque el imaginario de la oferta de la buena vida, la oferta de futuro, la oferta de lo que se supone que es el bienestar y de lo que son los derechos económicos, sociales y culturales que están ofrecidos al conjunto de la humanidad, son una radical imposibilidad; es decir, no hay posibilidades en el planeta de que el conjunto de la población tenga acceso a ese patrón de derechos, que fue construido fundamentalmente desde el modelo ideal del Estado de Bienestar Social europeo .
Por eso creo que deben ser repensados, repensados totalmente, porque si uno dice que esta doctrina de derechos humanos fue construida sobre unos determinados supuestos, y esos supuestos ya no son válidos, entonces hoy tenemos el reto de decir: ¿qué implicaciones tiene que los supuestos con los cuales construimos todo este pensamiento ya no sean válidos?, y si los supuestos sobre los cuales tenemos que trabajar hoy son otros ¿qué implicaciones tiene, desde esos otros supuestos, reconstruir la noción de los derechos?
Y esto implica una ruptura. Aquí no vale remiendo, no es que vamos a incorporar derechos de cuarta generación y meterle derechos de la naturaleza, como especie de agregado al edificio, como si el edificio estuviera bien y luego decimos: “¡Ay! Pero se nos olvidó la naturaleza”. No se trata entonces de inventarse una quinta generación, ni de inventarse un cuento nuevo, sino de ver cómo estamos montados sobre unos supuestos que ya no valen, unos supuestos perfectamente comprensibles y entendibles en otro contexto histórico. Pero hoy [la situación ha cambiado], nos encontramos en una nueva época de la humanidad, y esta ruptura todavía no la terminamos de reconocer; y es una ruptura de tal radicalidad que si los procesos de sometimiento, explotación, de crecimiento económico, entre otros, siguen al ritmo que van, a pesar de Kioto, a pesar de todas las convenciones y todas las negociaciones, es bastante probable que la vida humana no pueda seguir más allá de este siglo.
Es la crisis de un patrón civilizatorio, que no es sólo del capitalismo. El capitalismo ha sido el régimen histórico que ha llevado todas estas lógicas expansivas y de sometimiento a su máxima expresión, pero no es solamente el capitalismo, porque la experiencia soviética nos enseñó que uno podía tener, con otras lógicas, con otras nociones anticapitalistas, con otras formas de administración de la propiedad, un modelo tan o más destructor que el capitalismo. Entonces, tenemos varios retos planteados simultáneamente. Sabemos que el capitalismo como régimen de producción necesariamente requiere crecimiento, el capitalismo sin crecimiento no es capitalismo, sino crisis solamente; y es depredador porque su lógica es la lógica de la acumulación con criterios de corto plazo y de prioridad de la rentabilidad, y eso significa necesariamente la apropiación creciente de recursos y de capacidades productivas donde quiera que estén. Es decir, el capitalismo es incompatible con la vida en el planeta Tierra, por eso, cualquier opción de vida es necesariamente anticapitalista.
Pero si no mantenemos en mente que no son solo las relaciones de propiedad, sino los imaginarios respecto a la buena vida, al bienestar, al crecimiento, al desarrollo, al progreso, al papel de la ciencia y la tecnología, etc., podemos, con otras formas de propiedad, generar sin embargo otras formas de organización de la sociedad que a lo mejor terminan siendo capitalismo de Estado o terminan siendo quién sabe qué, o lo que se ha llamado socialismo, que pueden tener desde el punto de vista de estos problemas la misma lógica, a pesar de que puedan tener mayor equidad o muchas otras cosas diferentes al capitalismo. Pero si no se ponen en cuestión estos aspectos fundamentales que venimos planteando, tampoco hay posibilidades de que proceda una respuesta creíble, válida.
Por otra parte, hay un tema que a mí me parece crítico de algo que yo llamo cambio de época, sobre lo cual volveremos posteriormente, que tiene que ver con lo siguiente. En el pensamiento liberal, y esto aparece muy claramente en las tesis de Hayek, hay una noción de la relación entre crecimiento económico y desigualdad, en el siguiente sentido: Hayek afirma que la desigualdad es una condición del crecimiento económico, una condición que hace que haya una apropiación [mayor] de los bienes y capacidades productivas y creativas de la sociedad por unas personas, lo que permite que esa gente con esos excedentes pueda invertir, crear, pueda tener tiempo disponible, etc., y pueda generar patrones de referencia de consumo, que se convierten en la referencia de aspiración de los que están en niveles más bajos, como [meta] a la cual van a llegar; entonces, esa desigualdad es permanentemente una especie de carrera hacia el futuro, hacia el progreso, hacia el desarrollo, porque siempre esta gente que tiene más es el ejemplo para que los demás aspiren a tener eso.
Pero hoy nos encontramos con una situación nueva en ese sentido, que va más allá de las críticas hacia Hayek o de lo absurdo de esta concepción, [consistente en] la imposibilidad de crear una noción de ciudadanía si las diferencias entre la gente son tan desiguales que no es posible siquiera pensar en la noción de ciudadanía. Pero más allá de eso, hay otro aspecto que es fundamental, y es que todos nos encontramos con que simultáneamente son ciertas dos cosas: que la humanidad en su conjunto está utilizando la capacidad productiva del planeta Tierra más allá de su propia capacidad de reposición, es decir que estamos sobre-utilizando la capacidad productiva de la Tierra de acuerdo a algunos cálculos en más del 30%, lo cual quiere decir que como humanidad nos hacemos cada vez más pobres (si pensáramos en la Tierra como nuestro capital de vida, aún en la visión más antropocéntrica posible, de todas maneras estamos sobre-utilizando aquello que es la fuente de la riqueza de esta visión de bienestar); y que esto ocurre simultáneamente en [circunstancias] en las cuales una proporción importante de la humanidad hoy carece de las condiciones básicas no sólo de una vida digna sino de la producción material mínima, es decir, en cuanto a condiciones de, por ejemplo, tener acceso al agua potable o tener un consumo calórico suficiente como para reproducir la vida de una manera sana. En el año 2008 la FAO calculó que había más de mil millones de personas, es decir entre la sexta y la séptima parte de la humanidad, que pasaba hambre todos los días.
Entonces, ¿cómo se compatibiliza?, ¿qué ocurre cuando estamos sobre-utilizando la capacidad de la Tierra y una significativa proporción de la humanidad no tiene acceso ni siquiera a las condiciones básicas de la vida? Esto quiere decir, y es una cosa que me parece vital en la comprensión de los nuevos tiempos, que a diferencia de las nociones de Hayek, en que la diferencia y la desigualdad son condición de la reproducción del crecimiento, nos encontramos sin embargo en una nueva situación en la cual hemos llegado a una situación suma cero. Esto significa que, si unos quieren más otros necesariamente tienen menos; si hay un sector de la población que está utilizando la capacidad de carga del planeta en una determinada producción, eso quiere decir que para otros habrá necesariamente menos. Ya no podemos seguir pensando en términos estrictamente económicos de producción de dinero, sino en términos de la base material sustantiva de la generación de riquezas, y esta base sustantiva es la materialidad de la capacidad regenerativa y productiva de los sistemas de la Tierra; y eso tiene límites, y ese límite está sobrepasado. Entonces, en la medida en que unos se apropian más, en proporciones crecientes de esta capacidad, como ha ocurrido en estos treinta años de neoliberalismo, eso quiere decir que para otros hay menos; no es que aquéllos van más adelante y éstos otros vienen después, sino que ya hay un proceso de apropiación de unos bienes limitados, y que mientras unos más se apropian, otros se quedan con menos. Esto en términos más directos quiere decir que mientras unos sectores de la población del planeta se hacen más ricos, otros necesariamente se hacen más pobres.
Edgardo Lander es uno de los más destacados pensadores y autores sobre la izquierda en Venezuela. Es doctor en Sociología por la Universidad de Harvard, profesor titular de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela y docente investigador del Departamento de Estudios Latinoamericanos de la Escuela de Sociología de dicha universidad.
lunes, 20 de diciembre de 2010
No es Wikileaks, son los medios
Álvaro Cabrera G.
He escuchado y leído varios comentarios por distintos medios progresistas, que ponen en tela de juicio la independencia de Wikileaks o sus intenciones. No tengo ninguna razón para defender a Wikileaks, algo que debe hacer la propia organización, pero sí creo que los comentarios han estado escasamente fundamentados.
Hasta donde entiendo el asunto, Wikileaks ha puesto a disposición del público, en la medida de sus posibilidades y en base a una estrategia, información que de otra manera sería para el común de los mortales inaccesible. La organización no ofrece una interpretación de esa información, solo la hace accesible. Esa es su oferta, exponer información que normalmente permanece oculta.
Si bien no resulta de mi agrado la selección de algunos periódicos del “cartel internacional de medios que defiende el capitalismo” para tener la exclusiva, entiendo que se trata de una estrategia que para la lógica del sistema es aceptable (cuando hablo del sistema me refiero a la democracia representativa en el marco del capitalismo). Al fin de cuentas, Wikileaks no propone un cambio de sistema, sino una modificación del sistema imperante para hacerlo más transparente.
Al margen de las intenciones de Wikileaks, la información está ahí, y una vez hecha pública es sujeto de análisis. Lo que ha quedado claro con la utilización que han hecho los medios dominantes de esa información es que carecen de toda capacidad de dar a la población una mirada aguda, balanceada y profunda del material disponible. No pueden hacerlo porque sus propios intereses están en juego.
Al margen de las intenciones de Wikileaks, la información está ahí, y una vez hecha pública es sujeto de análisis. Lo que ha quedado claro con la utilización que han hecho los medios dominantes de esa información es que carecen de toda capacidad de dar a la población una mirada aguda, balanceada y profunda del material disponible. No pueden hacerlo porque sus propios intereses están en juego.
Cuando se contrasta lo poco publicado con lo que dicen los cables, no se puede sino concluir que los medios mienten descaradamente todos los días y sin pudor alguno. Desde la selección de la información hasta los titulares utilizados, los medios dominantes han manipulado los cables, dando a entender que Wikileaks dijo algo sobre algún tema (por ejemplo, véase el siguiente título de El Universal: WikiLeaks señala que Chávez protegía a etarras en el país), o dando tratamiento de hechos ciertos a las afirmaciones de algún funcionario o diplomático, generalmente en función de atacar a los gobiernos que no son aliados de EEUU (véase la misma “noticia”, versión El País: Chávez facilitó la fuga de varios etarras en Venezuela, según el ex director del CNI).
En la mayoría de los casos, los medios han desechado analizar lo que realmente los cables indican. Que las embajadas de EEUU en el mundo actúan como brazos ejecutivos de la política imperial de Washington. Que extorsionan, hacen espionaje, compran conciencias, imparten instrucciones a políticos y empresarios de cada país, con el único fin de defender los intereses estadounidenses.
Esos intereses están además en todo el mundo, e incluyen instalaciones o bienes naturales de cada país, que el imperio considera casi como propios.
Los medios han obviado el hecho de que los cables solo pueden servir para analizar a quien los escribe (los diplomáticos estadounidenses y sus jefes), y en algunos casos a aquellos que subordinados al imperio han quedado retratados en esos documentos. Los cables muestran un nivel de injerencia inconcebible para países que se consideran independientes y transparentan la subordinación de sus clases dominantes a la diplomacia gringa a la que rinden cuentas casi a diario.
Además, demuestran que los medios hacen comparsa a la política exterior del imperio, atacando a quienes éste considera sus enemigos, y elevando el estatus de los países y personajes que se alían a las políticas estadounidenses.
Las filtraciones de Wikileaks están sirviendo, por sobre todas las cosas, para desnudar a los propios medios por lo que han dicho, cómo lo han dicho y lo que han dejado de decir en base a la información que aparece en los cables.■
miércoles, 15 de diciembre de 2010
El mercado no soluciona los problemas de vivienda (y 4)
Por Álvaro Cabrera G.
Al analizar las políticas de vivienda desarrolladas desde 1999, se concluye que se ha hecho un enorme esfuerzo por ajustar la normativa, por ordenar a los entes responsables, por aportar recursos y por desarrollar planes de construcción que hagan la vivienda más accesible para las mayorías. Sin embargo, son pocos los logros y se hacen evidentes algunas carencias en las estrategias que deben ser subsanadas.
La primera es la elaboración de un Plan Nacional de Vivienda y Hábitat, donde el esfuerzo por ordenar las políticas de vivienda y las instituciones involucradas tenga un desarrollo programático que garantice la participación y la información de la población. El Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU lo establece como una necesidad para hacer seguimiento al diseño y la aplicación de las políticas, así como a sus resultados.
También hacen falta estadísticas confiables. Desde una mirada de derechos humanos, entre las obligaciones de los Estados está la de producir información que permita evaluar el grado de satisfacción de los derechos sociales. La dificultad para acceder a las estadísticas sobre la situación del derecho a la vivienda hace difícil el seguimiento de las políticas y la participación de la población. Las cifras y parámetros que utilizan el INE y el Ministerio de Vivienda y Hábitat no coinciden, por lo que se hace difícil tener un panorama claro de la situación del derecho a la vivienda en el país. Sin indicadores claros, las políticas no son evaluables, por lo que no es posible asegurar que sean las adecuadas.
Se debe realizar un diálogo con el sector privado. Si bien el afán de lucro mueve a la inversión inmobiliaria, también la capacidad de producción de viviendas del sector privado es necesaria para combatir la carencia de viviendas adecuadas. En ese sentido, es necesario llegar a acuerdos que permitan una interrelación coherente entre los proyectos oficiales y las expectativas del sector privado de vivienda, que incluye a constructores, bancos y propietarios de viviendas para alquiler. La sujeción de estos al plan de desarrollo nacional, pasa por otorgarles la oportunidad de aportar su experiencia en el diseño de estrategias para satisfacer la demanda.
Por último, se debe revisar la efectividad de las políticas de financiamiento. Según algunos especialistas el 90% de la población carece de acceso a las políticas de vivienda. Los precios de las viviendas las hacen inaccesibles, aún con los múltiples mecanismos previstos en la legislación, tanto para los sectores de bajos ingresos como para los de ingresos medios. En ese sentido, se debe revisar la normativa relativa al financiamiento para ajustarla a la realidad.
El desarrollo de estas propuestas debe acompañarse por el fortalecimiento de políticas que ya están en desarrollo, como la inclusión de los CTU y los Consejos Comunales en los planes de vivienda dirigidos a los sectores populares, que no solo les garantizan mayor efectividad, sino que además deja un saldo organizativo que puede favorecer el logro de mejores condiciones de vida para toda la comunidad.
Además, es importante dar continuidad a los procesos de regularización de la tenencia de la tierra urbana, pues los títulos familiares o colectivos otorgados son fundamentales para garantizar el desarrollo integral de los barrios populares, así como para evitar su incorporación a la lógica especulativa inmobiliaria. ■
miércoles, 8 de diciembre de 2010
El mercado no soluciona los problemas de vivienda (3)
Por Álvaro Cabrera G.
Como mencionamos en la entrega anterior, entre 1990 y 2001, alrededor del 70% de las viviendas construidas en Venezuela fueron autoproducidas por los pobladores. Si bien éste ha sido el mecanismo que han encontrado los sectores excluidos para acceder a una vivienda, en general éstas casas carecen de la mayoría de los elementos que integran el contenido del derecho a una vivienda adecuada (condiciones de habitabilidad, acceso a servicios, ubicación apropiada, entre otros). Por ello es necesario conjugar la habilidad constructiva de la población con los conocimientos técnicos y la capacidad de proporcionar servicios que posee el Estado.
El Plan “Barrio Nuevo, Barrio Tricolor”, dirigido a la rehabilitación de viviendas y comunidades ya construidas, parece tomar en consideración estas premisas, así como también los recursos que se han asignado a los Consejos Comunales. Sin embargo, se trata en general de políticas de rehabilitación. Para la construcción de nuevas comunidades se pueden tomar otro tipo de iniciativas. Una de ellas puede ser la de preparar terrenos con servicios y parcelados para entregarlos a familias sin vivienda que desarrollen proyectos de autoconstrucción con asesoría oficial. Aunque se trate en principio de viviendas muy básicas, se garantizaría que no se ubiquen en zonas de riesgo. Estas viviendas podrían mejorar y crecer con el tiempo, si se garantiza que desde las bases estén bien construidas.
Otra cuestión que se debe considerar es la ausencia de una política de vivienda pública para alquiler. La actual Ley de Arrendamientos Inmobiliarios y medidas como el congelamiento de los cánones de arrendamiento no han resultado beneficiosas para la población, pues en general no se cumplen y además disminuyen la oferta.
Se debe considerar que la propiedad de la vivienda no es la única forma de tenencia segura. Una oferta amplia de viviendas en alquiler sería una solución para muchas familias y personas que no tienen interés en instalarse definitivamente en un lugar determinado. Además, una abundante oferta de vivienda pública para alquiler a precios razonables impulsaría a la baja los precios de los alquileres en las grandes ciudades, e incluso incidiría sobre los precios de venta. También se debe pensar en la posibilidad de habilitar residencias estudiantiles y para personas que se trasladen transitoriamente de una ciudad a otra.
Como lo explica la Relatora Especial para el derecho a una vivienda adecuada de la ONU, “En algunos países, la propiedad de la vivienda se ha considerado tradicionalmente la forma más segura de tenencia y el alquiler, la menos segura debido a las grandes posibilidades de desalojo. Los últimos acontecimientos demuestran a las claras que la propiedad de la vivienda es una forma segura de dominio pleno sólo en determinadas circunstancias, en particular cuando se cuenta con medios financieros suficientes, sostenibles y estables para lograrlo. El alquiler podría ser una forma más segura si existiese una legislación adecuada que protegiese a los inquilinos contra los desalojos abusivos y facilitase un mayor acceso a modalidades de alquiler asequible, controlado y subsidiado”.
Estas propuestas deberían acompañarse de otras políticas más generales, como el diseño de un Plan Nacional de Vivienda y Hábitat. De eso hablaremos en la próxima entrega.■
domingo, 5 de diciembre de 2010
El mercado no soluciona los problemas de vivienda (2)
Por Álvaro Cabrera G.
En la primera entrega hablábamos de cómo los mecanismos de mercado han demostrado ser incapaces de proporcionar vivienda adecuada y asequible para todos en el mundo. En el caso de Venezuela, el mercado ha sido especialmente ineficiente para producir viviendas.
A pesar de la insistencia de la Cámara de la Construcción, las cifras demuestran que los productores privados son los que menos viviendas construyen. Como explica un estudio de la Fundación Escuela de Gerencia Social (FEGS) de 2006, “En América Latina, más del 60% de las obras para enfrentar el problema de vivienda las realiza la propia población. En el caso venezolano, de las viviendas construidas entre 1990 y 2001, alrededor del 70% fueron autoproducidas por los pobladores, 20% construidas por el Estado y 10% por el sector privado”.
Aunque no tenemos cifras más actualizadas que desglosen la producción entre pobladores, privados y Estado, no existen razones para pensar que esta realidad haya cambiado sustancialmente. La estafa inmobiliaria develada recientemente ha mostrado que los productores de viviendas con fines de lucro incumplen sistemáticamente los lapsos de entrega y que sus proyectos pueden demorar en ejecutarse períodos indeterminados.
En ese sentido, la idealización de la eficiencia del sector privado y su capacidad de producir es puesta claramente en entredicho por las cifras. Para quienes sostienen además que el problema de la vivienda es un asunto de estos tiempos “de excesivo control del Estado”, basta con decirles que entre 1950 y 1990 la población habitando barrios precarios en el Área Metropolitana de Caracas pasó del 16% al 40%. La Caracas llena de problemas de hoy es consecuencia de ese período.
De acuerdo a datos del Ministerio para la Vivienda y Hábitat recogidos por la FEGS, para el año 2006 el déficit de viviendas afectaba aproximadamente a 3,9 millones de familias (alrededor del 63% de la población) que requerían de algún tipo de atención habitacional. De este total, el 78% (3.019.978) requerían mejoramiento de las viviendas donde habitaban, mientras que la demanda de nuevas casas constituía el 22% (874.730 familias).
Ante esta realidad apabullante, hay que decir que la capacidad de producción del sector público ha sido también históricamente baja, y eso no ha cambiado. Entre 1989 y 1998 se produjeron en promedio 35.679 viviendas, mientras que entre 1999 y 2007 esta cifra bajó a 31.255 viviendas.
Esto a pesar de que se han aprobado normativas, se han hecho esfuerzos administrativos y se han dispuesto recursos para atacar la situación. En promedio entre 1999 y 2008 se destinó a vivienda el 2,56% del PIB, cifra ampliamente superior al promedio de 1,89% del PIB destinado entre 1990 y 1998. Sin embargo, el déficit de viviendas adecuadas no ha disminuido significativamente.
¿Qué hacer entonces? Pues sin duda hay que revisar las políticas para corregir las deficiencias y para fortalecer sus aspectos positivos. Además, se deben plantear otras estrategias, como por ejemplo, desarrollar una política de viviendas públicas para alquiler, y, como han propuesto algunos arquitectos, incorporar a la autoproducción de viviendas como una política de Estado. De esto hablaremos en la próxima entrega.■
lunes, 29 de noviembre de 2010
El mercado no soluciona los problemas de vivienda (1)
Por Álvaro Cabrera G.
Lo dijo la Relatora Especial para el derecho a una vivienda adecuada de la ONU. En su informe de febrero de 2009, la relatora Raquel Rolnik trató el tema de la crisis inmobiliaria, hipotecaria y financiera internacional y sus consecuencias en el derecho a una vivienda adecuada.
En el párrafo 18 del informe, Rolnik afirma: “La Relatora Especial estima que la crisis, y sus orígenes en el mercado inmobiliario, refleja los defectos fundamentales de las políticas económicas e inmobiliarias actuales y ponen de manifiesto la incapacidad de los mecanismos de mercado para proporcionar vivienda adecuada y asequible para todos.”
En el informe la Relatora se pasea por el proceso de desregulación financiera y de actuación del Estado en función de facilitar las políticas de mercado, como forma de proveer vivienda a la población. Estas políticas neoliberales impulsadas desde los años 80 por el BM y el FMI, llevaron a la reducción de la inversión pública en vivienda tanto en países desarrollados como en los llamados países en vías de desarrollo.
En muchos de éstos el Estado no solo se retiró de la construcción y financiamiento de viviendas, también liberó el mercado financiero, permitiendo que se eliminaran los topes a las tasas de interés de las hipotecas y que distintos actores financieros pudieran otorgar estos préstamos, aunque no tuvieran la capacidad para evaluar los riesgos.
Estas políticas, junto a la creciente interrelación financiera internacional y a la apertura de los mercados inmobiliarios a la dinámica especulativa internacional, generaron grandes desajustes en un número importante de países. Primero un crecimiento irreal de la demanda de viviendas, por la facilidad para conseguir créditos, lo que produjo un aumento significativo en sus precios, y luego el estallido de la burbuja inmobiliaria, cuando los más débiles de la cadena no pudieron pagar, con su dolorosa seguidilla de quiebras bancarias y pérdida de viviendas para millones.
El modelo demostró su incapacidad de ofrecer verdaderas soluciones debido a su lógica mercantil y no de derechos. La construcción de viviendas y la entrega de créditos se movía en función de generar cada vez más ganancias, no de resolver una necesidad a la gente.
La Relatora hace un importante énfasis en la necesidad de que se reconozca que la vivienda es mucho más que un simple activo financiero y que tiene grandes implicaciones para la persona, la comunidad y la sociedad en su conjunto. La vivienda es el centro de la vida familiar y comunitaria y no puede dársele tratamiento de producto de consumo.
Las estafas inmobiliarias en Venezuela no son más que otro mecanismo perverso generado por las lógicas de mercado. Los estafadores juegan con la necesidad de satisfacción de un derecho humano (la vivienda), para generar un mecanismo de enriquecimiento basado en el engaño y la explotación de la víctima. Quienes estaban detrás de estos proyectos solo querían maximizar ganancias, no construir viviendas. Era eso o jugar en la bolsa o traficar con cupos CADIVI. El gobierno ha hecho bien en intervenir, pero se deben revisar las políticas de vivienda de manera integral. De eso hablaremos en una próxima entrega.■
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